La resistencia de las tiendas de barrio frente al avance del D1 y el Ara

Con precios bajos, estanterías surtidas y una estrategia de expansión inmensa, las grandes cadenas de supermercados como el D1 y el Ara se han convertido en parte del paisaje urbano del país. Sus fachadas coloridas se levantan en cada vez más barrios, ofreciendo productos de consumo diario a precios competitivos. Sin embargo, tras este modelo de negocio se esconde una amenaza latente para un actor social históricamente vital: La tienda de barrio.

Las tiendas de barrio han sido, durante décadas, más que un punto de venta, son espacios de encuentro, memoria y confianza. Allí no solo se compra el pan o el cilantro, también se conversa, se fía, se escucha y se tejen relaciones comunitarias que difícilmente pueden replicar los grandes supermercados de cadena. El tendero o la tendera conoce a sus vecinos por sus nombres o apodos, sabe cuándo el dinero alcanza y cuándo no y en muchos casos, permite que la economía familiar funcione gracias al tradicional «fío», un mecanismo de confianza que ningún supermercado multinacional ofrece.

En barrios populares como Calixto, Las Américas o Ventilador, las tiendas de siempre resisten. Aunque reconocen que el flujo de clientes ha disminuido por la cercanía de un D1 o un Ara, muchos vecinos siguen apostando por la calidez, el servicio y la historia que representan estos negocios. «A mi me tocó reducir mi tienda porque me pusieron un Ara aquí en la esquina, antes surtía en cantidades grandes todo lo de aseo general, iba a Surabastos y traía en cantidades todo lo que era de verduras, pero ahora solo tengo lo básico, huevos, leche, pan y cositas así» comenta Yaneth Oliveros, tendera del barrio Ventilador.

Más allá del aspecto económico, estas tiendas cumplen una función social invaluable, son puntos de encuentro para adultos mayores, espacios de reuniones y hasta centros de información del barrio. El tendero se convierte en un actor comunitario que avisa de emergencias, escucha los problemas del vecino y hasta orienta a quienes llegan nuevos al sector. “Yo prefiero comprar aquí donde Doña Yaneth porque siempre me fía cuando no tengo plata y casi que nos conocemos de toda la vida”, cuenta doña Lucila, habitante del barrio Ventilador.

La llegada de los supermercados no es en sí mismo un problema. La competencia puede beneficiar al consumidor. Sin embargo, cuando se impone sin regulación ni políticas que protejan a los pequeños comerciantes, se pone en riesgo no solo una economía popular, sino también una red social que ha sostenido a muchas familias en momentos difíciles.

La defensa de las tiendas de barrio se trata de reconocer su valor cultural, social y económico. Si Neiva quiere seguir siendo una ciudad con alma comunitaria, no puede darse el lujo de perder estos espacios construidos a pulso y confianza. Mientras tanto, los tenderos resisten, reinventan sus formas de venta, fortalecen sus lazos con los vecinos y siguen siendo el corazón de muchos barrios.

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